viernes 9 de octubre de 2009

Voz chiquita

     Hola amigos. Me dirijo a todos ustedes vosotros que son mis ávidos u ocasionales o imaginarios lectores. Yo tengo un problema, sinceramente, tengo un grave problema. Bueno, tengo más problemas graves, para decir verdad, pero destaco uno que me empequeñece de una forma sustancial y constante.
     Me falta la fuerza vital. La fuerza motriz que une a los seres pensantes en acciones que se entrelazan para construir sueños y futuro. Verborrea barata y falta de sustancia. Y como tengo un grave problema, pues no puedo continuar con su exposición.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Apología de la hipocresía



Cuando Miramba se enteró de que su padre le ponía los cuernos a su madre – su querida esposa – no pudo resistirlo. Primero no se lo creyó, luego lo negó rotundamente, más tarde lo aceptó pero se fue de casa y nunca volvió. Miramba, hija cristiana menor de edad se fue zumbando a descubrir un mundo que hasta aquel entonces se le antojó hostil. Y ahora tenía dos opciones: alegrarse y sacar provecho de la falsa moral cristiana y de la mentira de más de cuarto de siglo que había hecho de sus padres unos verdaderos padres cristianos, modelos de fe, alegrarse y así descubrir el mundo tal como es o la segunda opción, descubrir el mundo pero sin aprender las lecciones de la vida, antes de cometer los errores. De todas formas Miramba, de nombre feo y gesto frágil iba a dejar el hogar de sus padres y abandonaría para siempre las doctrinas, se cuestionaría cada vez más su creencia en Dios hasta que al final lo renegaría del todo. Estas cosas fueron exactamente pasando así, aunque los dolorosos detalles de la muerte de la Miramba cristiana se me escapan – intencionadamente – para no llevar la exposición a un campo que quiero alejado, al menos de momento.
Renegó Miramba de Dios de tal forma que, en su elección de la segunda variante presentada, empezó a prostituirse. Las necesidades y la huida de su casa sin decir adiós ni dejar alguna señal la llevaron a practicar finalmente este viejo y contundente oficio, pues la proposición de un samaritano de sacarla de la miseria, al final le vino bien, pensó al tomar la decisión. Fueron pasando los clientes de uno en uno, de día en día y de mes en mes, dos años casi enteros. Miramba se decidió un día, tan repentinamente como había decidido empezar, dejar el oficio e irse, quizás de vacaciones, a su casa. Está claro, no contaría nada a sus padres y si lo contara lo haría en un momento especial, cuando creyeran que todo había vuelto a ser como antes, eso lo haría ella para provocar el mayor dolor y de alguna forma vengarse de sus padres por haberle presentado un mundo que no era el mundo real, de tal forma que ella cayera con facilidad en sus trampas, más tarde cuando se escaparía de casa.
“Ay Miramba”, salía su madre al porche de su casa para blasfemar ante Dios las cosas pendientes y para rogar la vuelta de su hija amada y un día, cuando ella salía como de costumbre a pedir, su hija llegó. Ni grandes esperanzas, ni abrazos rotos, ni besos ni lagrimas, nada de nada permitió Miramba que pasara, aunque su madre se moría por dentro de dolor y de alegría, dolor porque no le permitía su hija el abrazo que tantas veces anheló darle y de alegría porque estaba bien, al menos viva.
Sentada así, en una silla de la vieja mesa del salón Miramba miraba a su madre de pie, sollozando y llorando de pena: “me prostituí”, le dijo sin más.
Su madre se tomó un momento para asimilar lo que había escuchado de su hija y no le contestó nada: su madre había aprendido las lecciones de la vida y se quedó inmóvil hasta que su pobre hija estalló en un amargo llanto. “¿Y donde está mi padre?” “Está aquí”, le contestó la madre, volvimos juntos después de que te fueras.
El padre de Miramba, que había vuelto a la moral cristiana le explicaría en pocas palabras como es eso del mundo, como se come la vida y como hay que tomársela. Su madre, mujer vieja y astuta, sabia mujer supo perdonarle a su marido ciertos errores, el que infringiera la moral cristiana también, pues ella tenía algunos secretos suyos, que nunca compartiría con nadie. Nadie es perfecto.
Miramba, hija de feo nombre y gesto frágil, se volvió cuerda y se puso buena, en breve retomó sus estudios y esa etapa de su vida la relegó al olvido, pudiendo recobrar la esperanza en sí, entre secretos, entre lecciones de vida.
Evidentemente, Dios le dio una vez más la oportunidad de salvarse por la fe: ella había vuelto del todo. Gracias a Dios.